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Entramos al sórdido lugar al que nos invitaba el escandalizado promotor del burdel. Allí intenté hablar con una de las prostitutas que estaban expectantes ante la presencia de un cliente, pero creo que había consumido suficiente cocaína como para no recordar ni en qué semana estaba. Había un vaso de agua, una vela encendida y cuatro estampas religiosas alrededor de ella. Conocida también como la protectora de quienes se dedican a oficios difíciles.

No podría ser otro el arquetipo moral de la mujer cristiana, una madre y virgen a la vez. Aunque el hecho de que una figura de intachable reputación para los cristianos sea la protectora de las prostitutas pareciera contradictorio, es de esta forma que las trabajadoras sexuales han encontrado cómo legitimarse dentro del mundo de lo sagrado. Para todos hay santos y patronos. Seguimos nuestro recorrido en otro de los sitios de la localidad de Chapinero que no tienen letrero. Cuando entramos el Dj hizo un llamado y a la pasarela subió una mujer que aparentaba unos 25 años.

Su nombre artístico era Cristal. Llevaba media cabeza rapada, varios tatuajes, un corsé negro y una microfalda que pronto terminaría en el suelo. Piensan que porque uno trabaja en esto no puede creer en dios.

Ya estaba claro que el viernes santo no era precisamente un día destinado a los placeres carnales. Pero en los burdeles que visitamos no solo eran devotas de santos y crucifijos. Los datos sobre el origen de este personaje son difusos. El hecho que lo convirtió en benefactor de las putas es un misterio, pero se sabe que fue a través de los rituales afro-brasileros de brujería que se convirtió en una especie de santo.

Desde luego, las prostitutas lo conocen mucho mejor. Para ellas es sinónimo de fortuna en el trabajo, pero su ayuda no es gratuita y produce amores y odios. Y es justo en sus habitaciones donde aparece el Negro Felipe.

En el barrio Santafé, por ejemplo, la mayoría de prostitutas viven en su lugar de trabajo. Mariana, una de las mujeres que viven en uno de estos clubes, dijo haber tenido la suerte de haber recibido la visita de este personaje. Yo no quiero que a mi niña - golondrina me la vuelvan, - se hunde volando en el Cielo - y no baja hasta mi estera; - en el alero hace el nido - y mis manos no la peinan. Yo no quiero que a mi niña - la vayan a hacer princesa.

Y menos quiero que un día - me la vayan a hacer reina. Cuando viniese la noche - yo no podría mecerla Corderito mío - suavidad callada: Carne blanca como - manchita de luna: Tu fiesta, hijo mío - me apagó las fiestas y sé de mí sólo - que en mí te recuestas.

Esta era una rosa - llena de rocío: Junta sus hojitas - para sostenerlo - esquiva la brisa - por no desprenderlo. Descendió una noche - desde el cielo inmenso: De dicha se queda - callada, callada: Me encontré este niño - cuando al campo iba: O tal vez ha sido - cruzando la viña: Y por eso temo - al quedar dormida - se evapore como - rocío en las viñas La luz cruel hiere mis ojos - y me turba todo ruido: Cuando yo las fui tejiendo - con blandura fiel de armiño, - no sabía que era niño - mi pobre alma.

Tengo ojos, tengo mirada: No soy ciego como me llanas. Y amo; tampoco soy muerto. Tengo los amores y las pasiones de tus gentes derramadas en mí como rescoldo tremendo; el anhelo de tus labios me hace gemir.

Aquí estoy, recógeme con tu mano. No quiero que me huellen los rebaños ni que corran los lagartos sobre mis rodillas. Recógeme en tu mano y llévame contigo. Yo te llevé así. Con una mano cortas las flores y ciñes a las mujeres y con la otra oprimes contra tu pecho a tu madre.

Recógeme y amasa conmigo una ancha copa, para las rosas de esta primavera. Ya he sido copa, pero copa de carne henchida, y guardé un ramo de rosas: Yo conozco la noble curva de una copa, porque fui el vientre de tu madre. Cuando le acabaste de verter el agua, gritó entre ellos. Para mezclarnos bien nos deshicieron! Y ahora, si haces una Tanagra con nosotros, ponnos todo en la frente o todo en el seno. No nos vayas a separar distribuyéndonos en las sienes o en los brazos.

Ponnos mejor en la curva sagrada de la cintura, donde jugaremos a perseguirnos, sin encontrarnos fin. Después de muchos años, cuando yo sea un montoncito de polvo callado, jugad conmigo, con la tierra de mi corazón y de mis huesos. O, simplemente, cantad y corred sobre mí, para besaros las plantas amadas Me empinaré para miraros, buscando entre vosotros los ojos, los cabellos de los que enseñé. Soñé que ya era la tierra, que era un metro de tierra oscura a la orilla de un camino.

Cuando pasaban, al atardecer, los carros cargados de heno, el aroma que dejaban en el aire me estremecía al recordarme el campo en que nací; cuando después pasaban los segadores enlazados, evocaba también; al llorar los bronces crepusculares, el alma mía recordaba a Dios bajo su polvo ciego.

Junto a mí, el suelo formaba un montoncillo de arcilla roja, con un contorno como de pecho de mujer y yo, pensando en que también pudiera tener alma, le pregunté:. Las llevaré y haré con ellas un vaso.

Nos mezcló el alfarero como no se mezcla nada en la luz: Cuando el alfarero lo sacó del horno ardiente, pensó que aquello ya no era lodo, sino una flor: Y si el alma misma de Caín se hubiera podido sumergir en el vaso, hubiera ascendido de él como un panal, goteante de miel Alfarero, haz la de todos los hombres, que cada uno la precisa semejante al propio corazón.

Los vasos sufren de ser vasos -agregó-. En las manos del Destino tiemblan, y no creen que vacilan así porque son vasos. El amor los tajea de ardor, y no ven que son hermanos de mis gredas abiertas. Odian su pequeña pared, su pequeño pie de copas, que apenas se levanta del polvo para recibir un poco la luz del día.

Cuando los hombres se abrazan en la hora del amor, no ven que son tan exiguos como un tallo de hierba y que se ciñen con un solo brazo extendido: Para pintar el ansia de los hombres haz de ellos solamente el rostro con los labios entreabiertos de sed, o haz sencillamente un vaso, que también es una boca con sed.

Me has dicho que me amas, y estoy llorando. Me has apuñaleado con la dicha no esperada. Caída en tierra, estaré llorando hasta que el alma comprenda. Han escuchado mis sentidos, mi rostro, mi corazón; mi alma no acaba de comprender. Es la senda que hice esta mañana, y no la voy a reconocer.

Miraré con asombro el cielo, el valle, los techos de la aldea, y les preguntaré su nombre, porque he olvidado toda la vida. Mañana me sentaré en el lecho y pediré que me llamen, para oír mi nombre y creer. Y volveré a estallar en llanto. Dios es este reposo de tu larga mirada en mi mirada, este comprenderse sin el ruido intruso de las palabras.

Dios es esta entrega ardiente y pura y esta confianza inefable. No necesita otra canción que su amor mismo, y la canta desde el suspiro al sollozo. Y vuelve otra vez al suspiro Es esta perfección de la rosa madura, antes de que caiga el primer pétalo.

Y es esta certidumbre divina de que la muerte es mentira. No se han besado, porque ella va todavía pura. Ellos que se revuelcan en la voluptuosidad sin lograr unirse, no saben que por una mirada somos esposos. Cerré los ojos y te miré en mi corazón. Y eras puro, como la escarcha que amanece dormida en los cristales. Guardé silencio, y la alabanza subió de mis entrañas, luminosa como suben los vapores del mar. Callaron otro día tu nombre y dijeron otros en la glorificación ardiente.

Te espero en el campo. Va cayendo el sol. Parece que te hundieras en la tierra pesada. Si te detuvieses en este momento, se pararían mis pulsos de angustia y me quedaría blanca y yerta. Vienes cantando como las vertientes bajan al valle. El día que se va quiere morir sobre nuestros rostros unidos. Escóndeme, que el mundo no me adivine. Soy fea sin ti, como las cosas desarraigadas de su sitio: Hazme una gata de tu sangre, y subiré a tu mejilla, y estaré en ella como la pinta vivísima en la hoja de la vid.

Vuélveme tu suspiro, y subiré y bajaré de tu pecho, me enredaré en tu corazón, saldré al aire para volver a entrar. Y estaré en este juego toda la vida Después fue un arbusto, un arbusto retorcido de sobrio ramaje, pero todavía capaz de manar goma perfumada.

Ahora es sólo una flor, una pequeña flor de cuatro pétalos. Tienen los pétalos en la base una gota de sangre, porque la belleza me fue dolorosa, porque fue mi amor pura tribulación y mi misericordia nació también de una herida. Sal por el campo al atardecer y déjame tus huellas sobre la hierba, que yo voy tras ti.

Sigue por el sendero acostumbrado, llega a las alamedas de oro, sigue por las altas alamedas de oro hasta la sierra amoratada. Si te ves herido no temas llamarme. Y yo iré, aun cuando estén erizados de espinos los llanos hasta tu puerta. No quiero que ninguno, ni Dios, te enjugue en las sienes el sudor ni te acomode la almohada bajo la cabeza. Estoy guardando mi cuerpo para resguardar de la lluvia y las nieves tu huesa cuando ya duermas.

Una canción es una herida de amor que nos abrieron las cosas. A ti, hombre basto, sólo te turba un vientre de mujer, un montón de carne de mujer. Nosotros vamos turbados, nosotros recibimos la lanzada de toda la belleza del mundo, porque la noche estrellada nos fue amor tan agudo como un amor de carne. Una canción es una respuesta que damos a la hermosura del mundo. Y la damos con un temblor incontenible, como el tuyo delante de un seno desnudo. La sombra que llega la borra; pero su canción la yergue sobre el campo.

Mas ella canta; por la escondida llaga se aguza pasando la hebra del canto, se hace delgada y firme. En una modulación la voz se moja de sangre. La noche que viene se materniza por esa canción que sale a su encuentro; las estrellas se van abriendo con humana dulzura: El canto puro como un agua con luz, limpia el llano, lava la atmósfera del día innoble en el que los hombres se odiaron. Las otras se apresuraron, y se han ido con el amor y el placer. Tiene una lumbre que apacigua.

No hay arte ateo. Ni fría ni desamorada me parece, como a los otros, la muerte. Duro, acre, sumo, el abrazo de la muerte. Como tienen tus hombres un delirio de afirmaciones acerca de tus atributos, yo te pinté al hablar de Ti con la precisión del que pinta los pétalos de la azucena.

Por amor, por exageración de amor, describí lo que no veré nunca. Vinieron a mí tus hombres a interrogarme; vinieron porque te hallan continuamente en mis cantos, derramado como un aroma líquido. Fue el anhelo de ellos, fue el mío también de mirarte límpido y neto como las hojas de la azucena. A través del desierto, es el ansia de los beduinos la que traza vívidamente el espejismo en la lejanía Estando en silencio para oírte, el latir de mis arterias me pareció la palpitación de tus alas sobre mi cabeza febril, y la di a los hombres como tuya.

Es lo mismo, mi Señor, que cuando aguardamos con los ojos ardientes, mirando hacia el camino. Pero no importa, mi Dueño; en un día de angustias puedo madurar por completo. Tan pequeña me veo que temo no ser advertida y quedar olvidada como la espiga en que no reparó, pasando, el segador. Verdad es también que no haré falta para tus harinas celestiales; verdad es que en tu pan no pondré un sabor nuevo. Yo te he visto, yendo de mañana por el campo, recoger evaporada la gotita de rocío que tirita en la cabezuela florida de una hierba y sorberla con menos ruido que el de un beso.

Y he sonreído, muerta de dicha, diciéndome: No tengo raíces clavadas en esta tierra de los hombres. Él los deja atravesar sobre los musgos con rocío. Ama la araña y los escarabajos por dolorosos, porque no tienen, como la rosa, una expresión de dicha. Son como algunos de tus días, malogrados y miserables a pesar de ti mismo. Ten piedad de ellos que buscan terriblemente, con una tremenda ansia, la belleza que no trajeron. La araña ventruda, en su tela leve, sueña con la idealidad, y el escarabajo deja el rocío sobre un lomo negro para que le finja un resplandor fugitivo.

Toda la belleza de la Tierra puede ser venda para tu herida. Dios la ha extendido delante de ti; así como un lienzo coloreado te ha extendido sus campos de primavera. Toda la belleza es misericordia de Dios. El que te alarga la espina en una mano temblorosa, te ofrece en la otra un motivo para la sonrisa. No digas que es un juego cruel. Siente así como venda el cielo. Es una ancha venda que baja hasta tocar la magulladura de tu corazón en suavizadora caricia.

Y cada mañana, al abrir tus balcones, siente como una venda maravillosa y anticipada para la pena del día, el alba que sube por las montañas Di tu palabra, y sigue tranquilo, sin volver el rostro.

No pongas tu efigie reteñida sobre tu doctrina. Habla a tus hermanos en la penumbra de la tarde, para que se borre tu rostro, y vela tu voz hasta que se confunda con cualquier otra voz. Hazte olvidar, hazte olvidar Déjate besar en tu sueño maravilloso de redención. Míralo en silencio y sonríe Es un misterio al que asisten Dios y tu alma. También Dios tiene ese recatado silencio, porque Él es el Pudoroso. Ha derramado sus criaturas y la belleza de las cosas por valles y colinas, calladamente, con menos rumor del que tiene la hierba al crecer.

Él calla, calla siempre. No hay un solo momento de silencio sobre el arpa ni de paz para la mano del Tañedor ardiente. De sol a sol Dios desprende a sus seres melodías. Las entrañas del sensual dan un empañado sonido; las entrañas del gozador dan voces opacas como el gruñido de las bestias; las entrañas del avaro apenas si alcanzan a ser oídas; las del justo son un temblor de cristal; y las del doloroso, como los vientos sobre el mar, tienen una riqueza de inflexiones, desde el sollozo al alarido.

La mano del Tañedor se tarda sobre ellas. Cuando canta el alma de Caín, se trizan los cielos como un vaso; cuando canta Booz, la dulzura hace recordar las altas parvas; cuando canta Job, se conmueven las estrellas como una carne humana. Y Job escucha arrobado el río de su dolor vuelto hermosura Y nunca calla el arpa; y nunca se cansa el Tañedor ni los cielos que escuchan. La tierra se extiende, verde, en un ancho brazo en torno tuyo, y el cielo, existe sobre tu frente.

Echas de menos un hombre que camina por el paisaje. Haz con él su silueta. Una nube pasa sobre tu rostro, larga, suave, viva. La nube es en torno de tu cuello un abrazo que no te oprime, ni te turba. Es su beso sereno. Cuando el tumulto se alejó, desapareció en la noche, los olivos hablaron: Corrió por mi tronco su acento como un hilo de miel Mi sangre estaba pronta, como una copa, para tus labios; mi corazón no rehusaba morir.

Yo esperaba que asomara tu rostro entre las ramas. Ya los que mataron con garfios y cuchillas se lavaron: Y sobre la calavera de Judas, los labios quedaron, perduraron sin caer, entreabiertos, prolongando el beso.

Una piedra echó su madre sobre ellos para juntarlos; el gusano los mordió para desgranarlos; la lluvia los empapó en vano para podrirlos. No me humilla como la llamarada del sol, y tiene un mirar humanizado de pura suavidad, de pura dulcedumbre. Arde en medio de mi cuarto: Para mi oración le doy una lumbre azul, y mi cuarto se hace como la hondura del valle -ahora que no elevo mi plegaria desde el fondo de los valles.

Para la tristeza, tiene un cristal violeta, y hace a las cosas padecer conmigo. Ella es, pues, la Perfecta. Desde afuera no se adivina, y mis enemigos que pasan me creen sola. Basta lo que alumbra su halo de resplandor.

Caben en él la cara de mi madre y el libro abierto. E hice en torno mío el corro de los niños. Las manos de los míos se juntan sobre tus brasas. Aunque la vida nos esparza, nos hemos de acordar de esta red de las manos tejida en torno tuyo.

Para gozarte mejor, te dejo descubierto; no consiento que cubran tu rescoldo maravilloso. Te dieron una aureola de bronce, y ella te ennoblece, ensanchando el resplandor. Mis abuelas quemaron en ti las buenas hierbas que ahuyentan a los espíritus malignos, y yo también para que te acuerdes de ellas suelo espolvorearte las hierbas fragantes, que crepitan en tu rescoldo como besos.

Yo te colmo cada mañana lentamente. El agua canta primero al caer; cuando queda en silencio, la beso sobre la boca temblorosa, pagando su merced. Son labios que trajeron muchas sedes: Fui torpe para muchas faenas, pero siempre he querido ser la dulce dueña , la que coge las cosas con temblor de dulzura por si entendieran, por si padecieran como ella Mañana cuando vaya al campo, cortaré las hierbas buenas para traértelas y sumergirlas en tu agua.

Mujer, bendito sea el alfarero que hizo tu cuerpo: Bendito sea en ti el cuerpo humano. Bendito sea el verbo de los poetas en tu boca: Benditos sean los cuajarones de sangre de la tragedia cuando se derriten en tu lengua y las avientan tus manos.

Con los elementos intensos del mundo te amasaron y te irguieron en tu valle: Al mundo apacible de las plantas también llegó un día la revolución social. Dícese que los caudillos fueron aquí las cañas vanidosas.

Maestro de rebeldes, el viento hizo la propaganda, y en poco tiempo no se habló de otra cosa en los centros vegetales. Los bosques venerables fraternizaron con los bosquecillos locos en la aventura de luchar por la igualdad.

No; la igualdad de altura, simplemente. Levantar la cabeza a uniforme elevación, fue el ideal. El maíz no pensó en hacerse fuerte como el roble, sino en mecer a la altura misma de él sus espiguillas velludas. Delirio de ser grande, aunque siéndolo contra Natura, se caricaturizaran los modelos. Sus voces parecieron chochez. Un poeta viejo con las barbas como Nilos, condenó el proyecto en nombre de la belleza, y dijo sabias cosas acerca de la uniformidad, odiosa en todos los órdenes.

Cuentan de extraños influjos. Los genios de la tierra soplaron bajo las plantas su vitalidad monstruosa, y fue así como se hizo el feo milagro.

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También Dios tiene ese recatado silencio, porque Él es el Pudoroso. Palidezco si él sufre dentro de mí: Los datos sobre el origen de este personaje son difusos. Las entrañas del sensual dan un empañado sonido; las entrañas del gozador dan voces opacas como el gruñido de las bestias; las entrañas del avaro apenas si alcanzan a ser oídas; las del justo son un temblor de cristal; y las del doloroso, como los vientos sobre el mar, tienen una riqueza de inflexiones, desde el sollozo al alarido. Pasion prostitutas prostitutas ricas, mi niño, - duérmete sonriendo, - que es la ronda de astros - quien te va meciendo. Miraste la ardiente - rosa carmesí. Las entrañas del sensual dan un empañado sonido; las entrañas del gozador dan voces opacas como el gruñido de las bestias; las entrañas del avaro apenas si alcanzan a ser oídas; las pasion prostitutas prostitutas ricas justo son un temblor de cristal; y las del doloroso, como los vientos sobre el mar, tienen una riqueza de inflexiones, desde el sollozo al alarido. Dios y la Vida me dejen cumplirlo [ Cuando yo te estoy cantando, - en la Tierra acaba el mal: Y ahora, si haces una Tanagra con nosotros, ponnos todo en la frente o todo en el seno. Recuerdo ahora una quebrada del valle.

Conocida también como la protectora de quienes se dedican a oficios difíciles. No podría ser otro el arquetipo moral de la mujer cristiana, una madre y virgen a la vez. Aunque el hecho de que una figura de intachable reputación para los cristianos sea la protectora de las prostitutas pareciera contradictorio, es de esta forma que las trabajadoras sexuales han encontrado cómo legitimarse dentro del mundo de lo sagrado.

Para todos hay santos y patronos. Seguimos nuestro recorrido en otro de los sitios de la localidad de Chapinero que no tienen letrero.

Cuando entramos el Dj hizo un llamado y a la pasarela subió una mujer que aparentaba unos 25 años. Su nombre artístico era Cristal. Llevaba media cabeza rapada, varios tatuajes, un corsé negro y una microfalda que pronto terminaría en el suelo. Piensan que porque uno trabaja en esto no puede creer en dios.

Ya estaba claro que el viernes santo no era precisamente un día destinado a los placeres carnales. Pero en los burdeles que visitamos no solo eran devotas de santos y crucifijos. Los datos sobre el origen de este personaje son difusos. El hecho que lo convirtió en benefactor de las putas es un misterio, pero se sabe que fue a través de los rituales afro-brasileros de brujería que se convirtió en una especie de santo.

Desde luego, las prostitutas lo conocen mucho mejor. Para ellas es sinónimo de fortuna en el trabajo, pero su ayuda no es gratuita y produce amores y odios. Y es justo en sus habitaciones donde aparece el Negro Felipe. En el barrio Santafé, por ejemplo, la mayoría de prostitutas viven en su lugar de trabajo.

Mariana, una de las mujeres que viven en uno de estos clubes, dijo haber tenido la suerte de haber recibido la visita de este personaje. Después tuvimos sexo por un buen rato. Aunque no para todas ha sido una buena experiencia. Paola, una mujer de unos 30 años, nos contó que cuando se le apareció el Negro Felipe, se sintió perseguida.

Voy conociendo el sentido maternal de las cosas. La montaña que me mira, también es madre, y por las tardes la neblina juega como un niño por sus hombros y sus rodillas. Recuerdo ahora una quebrada del valle. Por su lecho profundo iba cantando una corriente que las breñas hacen todavía invisible. Ya soy como la quebrada; siento cantar en mi hondura este pequeño arroyo y le he dado mi carne por breña hasta que suba hacia la luz.

Esposo, no me estreches. Lo hiciste subir del fondo de mi ser como un lirio de aguas. Déjame ser como un agua en reposo. No remuevas ansiosamente mi sangre; no agites mi aliento.

Vino mi madre a verme; estuvo sentada aquí a mi lado, y, por primera vez en nuestra vida, fuimos dos hermanas que hablaron del tremendo trance. Palpó con temblor mi vientre y descubrió delicadamente mi pecho. Madre, cuéntame todo lo que sabes por tus viejos dolores. Cuéntame cómo nace y cómo viene su cuerpecillo, entrabado con mis vísceras. Dame tu ciencia de amor, ahora, madre. Enséñame, madre, la canción de cuna con que me meciste. Toda la noche he padecido, toda la noche se ha estremecido mi carne por entregar su don.

Y te llamo ahora Dulzura Infinita a Ti, Señor, para que lo desprendas blandamente. Dicen que la vida ha menguado en mi cuerpo, que mis venas se vertieron como los lagares: Me mire la Tierra con este hijo en los brazos, y me bendiga, pues ya estoy fecunda y sagrada, como las palmas y los surcos. Mi padre dijo que me echaría, gritó a mi madre que me arrojaría esta misma noche. Y tiritaría bajo el aire crudo, aunque yo lo cubriera.

Estaba [] próxima a la maternidad, y su rostro revelaba una profunda amargura. Pasó delante de ella un hombre, y le dijo una frase brutal, que la hizo enrojecer. Yo sentí en ese momento toda la solidaridad del sexo, la infinita piedad de la mujer para la mujer, y me alejé pensando:. Y escribí los poemas que preceden, con intención casi religiosa. Algunas de esas mujeres que para ser castas necesitan cerrar los ojos sobre la realidad cruel, pero fatal, hicieron de estos poemas un comentario ruin, que me entristeció, por ellas mismas.

Hasta me insinuaron que los eliminase de un libro. Aquí quedan, dedicadas a las mujeres capaces de ver que la santidad de la vida comienza en la maternidad, la cual es, por lo tanto, sagrada. Yo que todo lo he perdido - ahora tiemblo hasta al dormir.

Es la noche desamparo - de las sierras hasta el mar. Es el cielo desamparo - pues la luna cae al mar. Es el mundo desamparo. El mar sus millares de olas - mece divino. El viento errabundo en la noche - mece los trigos. Dios Padre sus miles de mundos - mece sin ruido. Porque duermas, hijo mío, - el camino enmudeció; - nadie gime sino el río; - nadie existe sino yo. Va anegando niebla el llano. Se ha posado como mano - sobre el mundo la quietud. Yo no sólo fui meciendo - a mi niño en mi cantar: Duérmete, mi niño, - duérmete sonriendo, - que es la ronda de astros - quien te va meciendo.

Gozaste la luz - y fuiste feliz. Duérmete, mi niño, - duérmete sonriendo, - que es la Tierra amante - quien te va meciendo. Miraste la ardiente - rosa carmesí. Duérmete, mi niño - duérmete sonriendo, - que es Dios en la sombra - quien te va meciendo. Este niño es un encanto - parecido al fino viento: Y es su cuerpo tan pequeño - cual el grano de mi trigo: Duerme, duerme, dueño mío, - sin zozobra, sin temor, aunque no se duerma mi alma, - aunque no descanse yo. Duerma en ti la carne mía - mi zozobra, mi temblor.

Cuando yo te estoy cantando, - en la Tierra acaba el mal: Cuando yo te estoy cantando, - se me borra la crueldad: Este verde campo es tuyo.

Este valle es todo tuyo. Yo no quiero que a mi niña - golondrina me la vuelvan, - se hunde volando en el Cielo - y no baja hasta mi estera; - en el alero hace el nido - y mis manos no la peinan. Yo no quiero que a mi niña - la vayan a hacer princesa.

Y menos quiero que un día - me la vayan a hacer reina. Cuando viniese la noche - yo no podría mecerla Corderito mío - suavidad callada: Carne blanca como - manchita de luna: Tu fiesta, hijo mío - me apagó las fiestas y sé de mí sólo - que en mí te recuestas.

Esta era una rosa - llena de rocío: Junta sus hojitas - para sostenerlo - esquiva la brisa - por no desprenderlo. Descendió una noche - desde el cielo inmenso: De dicha se queda - callada, callada: Me encontré este niño - cuando al campo iba: O tal vez ha sido - cruzando la viña: Y por eso temo - al quedar dormida - se evapore como - rocío en las viñas La luz cruel hiere mis ojos - y me turba todo ruido: Cuando yo las fui tejiendo - con blandura fiel de armiño, - no sabía que era niño - mi pobre alma.

Tengo ojos, tengo mirada: No soy ciego como me llanas. Y amo; tampoco soy muerto. Tengo los amores y las pasiones de tus gentes derramadas en mí como rescoldo tremendo; el anhelo de tus labios me hace gemir. Aquí estoy, recógeme con tu mano. No quiero que me huellen los rebaños ni que corran los lagartos sobre mis rodillas. Recógeme en tu mano y llévame contigo. Yo te llevé así. Con una mano cortas las flores y ciñes a las mujeres y con la otra oprimes contra tu pecho a tu madre.

Recógeme y amasa conmigo una ancha copa, para las rosas de esta primavera. Ya he sido copa, pero copa de carne henchida, y guardé un ramo de rosas: Yo conozco la noble curva de una copa, porque fui el vientre de tu madre. Cuando le acabaste de verter el agua, gritó entre ellos. Para mezclarnos bien nos deshicieron!

Y ahora, si haces una Tanagra con nosotros, ponnos todo en la frente o todo en el seno. No nos vayas a separar distribuyéndonos en las sienes o en los brazos. Ponnos mejor en la curva sagrada de la cintura, donde jugaremos a perseguirnos, sin encontrarnos fin. Después de muchos años, cuando yo sea un montoncito de polvo callado, jugad conmigo, con la tierra de mi corazón y de mis huesos. O, simplemente, cantad y corred sobre mí, para besaros las plantas amadas Me empinaré para miraros, buscando entre vosotros los ojos, los cabellos de los que enseñé.

Soñé que ya era la tierra, que era un metro de tierra oscura a la orilla de un camino. Cuando pasaban, al atardecer, los carros cargados de heno, el aroma que dejaban en el aire me estremecía al recordarme el campo en que nací; cuando después pasaban los segadores enlazados, evocaba también; al llorar los bronces crepusculares, el alma mía recordaba a Dios bajo su polvo ciego.

Junto a mí, el suelo formaba un montoncillo de arcilla roja, con un contorno como de pecho de mujer y yo, pensando en que también pudiera tener alma, le pregunté:. Las llevaré y haré con ellas un vaso.

Nos mezcló el alfarero como no se mezcla nada en la luz: Cuando el alfarero lo sacó del horno ardiente, pensó que aquello ya no era lodo, sino una flor: Y si el alma misma de Caín se hubiera podido sumergir en el vaso, hubiera ascendido de él como un panal, goteante de miel Alfarero, haz la de todos los hombres, que cada uno la precisa semejante al propio corazón.

Los vasos sufren de ser vasos -agregó-. En las manos del Destino tiemblan, y no creen que vacilan así porque son vasos.

El amor los tajea de ardor, y no ven que son hermanos de mis gredas abiertas. Odian su pequeña pared, su pequeño pie de copas, que apenas se levanta del polvo para recibir un poco la luz del día.

Cuando los hombres se abrazan en la hora del amor, no ven que son tan exiguos como un tallo de hierba y que se ciñen con un solo brazo extendido: Para pintar el ansia de los hombres haz de ellos solamente el rostro con los labios entreabiertos de sed, o haz sencillamente un vaso, que también es una boca con sed. Me has dicho que me amas, y estoy llorando. Me has apuñaleado con la dicha no esperada. Caída en tierra, estaré llorando hasta que el alma comprenda. Han escuchado mis sentidos, mi rostro, mi corazón; mi alma no acaba de comprender.

Es la senda que hice esta mañana, y no la voy a reconocer. Miraré con asombro el cielo, el valle, los techos de la aldea, y les preguntaré su nombre, porque he olvidado toda la vida. Mañana me sentaré en el lecho y pediré que me llamen, para oír mi nombre y creer. Y volveré a estallar en llanto. Dios es este reposo de tu larga mirada en mi mirada, este comprenderse sin el ruido intruso de las palabras.

Dios es esta entrega ardiente y pura y esta confianza inefable. No necesita otra canción que su amor mismo, y la canta desde el suspiro al sollozo. Y vuelve otra vez al suspiro Es esta perfección de la rosa madura, antes de que caiga el primer pétalo.

Y es esta certidumbre divina de que la muerte es mentira. No se han besado, porque ella va todavía pura.

Ellos que se revuelcan en la voluptuosidad sin lograr unirse, no saben que por una mirada somos esposos. Cerré los ojos y te miré en mi corazón.

Y eras puro, como la escarcha que amanece dormida en los cristales. Guardé silencio, y la alabanza subió de mis entrañas, luminosa como suben los vapores del mar. Callaron otro día tu nombre y dijeron otros en la glorificación ardiente. Te espero en el campo. Va cayendo el sol. Parece que te hundieras en la tierra pesada.

Si te detuvieses en este momento, se pararían mis pulsos de angustia y me quedaría blanca y yerta. Vienes cantando como las vertientes bajan al valle. El día que se va quiere morir sobre nuestros rostros unidos. Escóndeme, que el mundo no me adivine. Soy fea sin ti, como las cosas desarraigadas de su sitio: Hazme una gata de tu sangre, y subiré a tu mejilla, y estaré en ella como la pinta vivísima en la hoja de la vid. Vuélveme tu suspiro, y subiré y bajaré de tu pecho, me enredaré en tu corazón, saldré al aire para volver a entrar.

Y estaré en este juego toda la vida Después fue un arbusto, un arbusto retorcido de sobrio ramaje, pero todavía capaz de manar goma perfumada. Ahora es sólo una flor, una pequeña flor de cuatro pétalos. Tienen los pétalos en la base una gota de sangre, porque la belleza me fue dolorosa, porque fue mi amor pura tribulación y mi misericordia nació también de una herida. Sal por el campo al atardecer y déjame tus huellas sobre la hierba, que yo voy tras ti.

Sigue por el sendero acostumbrado, llega a las alamedas de oro, sigue por las altas alamedas de oro hasta la sierra amoratada. Si te ves herido no temas llamarme. Y yo iré, aun cuando estén erizados de espinos los llanos hasta tu puerta. No quiero que ninguno, ni Dios, te enjugue en las sienes el sudor ni te acomode la almohada bajo la cabeza. Estoy guardando mi cuerpo para resguardar de la lluvia y las nieves tu huesa cuando ya duermas. Una canción es una herida de amor que nos abrieron las cosas.

A ti, hombre basto, sólo te turba un vientre de mujer, un montón de carne de mujer. Nosotros vamos turbados, nosotros recibimos la lanzada de toda la belleza del mundo, porque la noche estrellada nos fue amor tan agudo como un amor de carne. Una canción es una respuesta que damos a la hermosura del mundo. Y la damos con un temblor incontenible, como el tuyo delante de un seno desnudo.

La sombra que llega la borra; pero su canción la yergue sobre el campo. Mas ella canta; por la escondida llaga se aguza pasando la hebra del canto, se hace delgada y firme. En una modulación la voz se moja de sangre. La noche que viene se materniza por esa canción que sale a su encuentro; las estrellas se van abriendo con humana dulzura: El canto puro como un agua con luz, limpia el llano, lava la atmósfera del día innoble en el que los hombres se odiaron.

Las otras se apresuraron, y se han ido con el amor y el placer. Tiene una lumbre que apacigua. No hay arte ateo. Ni fría ni desamorada me parece, como a los otros, la muerte. Duro, acre, sumo, el abrazo de la muerte.

Como tienen tus hombres un delirio de afirmaciones acerca de tus atributos, yo te pinté al hablar de Ti con la precisión del que pinta los pétalos de la azucena. Por amor, por exageración de amor, describí lo que no veré nunca. Vinieron a mí tus hombres a interrogarme; vinieron porque te hallan continuamente en mis cantos, derramado como un aroma líquido.

Fue el anhelo de ellos, fue el mío también de mirarte límpido y neto como las hojas de la azucena. A través del desierto, es el ansia de los beduinos la que traza vívidamente el espejismo en la lejanía Estando en silencio para oírte, el latir de mis arterias me pareció la palpitación de tus alas sobre mi cabeza febril, y la di a los hombres como tuya. Es lo mismo, mi Señor, que cuando aguardamos con los ojos ardientes, mirando hacia el camino.

Pero no importa, mi Dueño; en un día de angustias puedo madurar por completo. Tan pequeña me veo que temo no ser advertida y quedar olvidada como la espiga en que no reparó, pasando, el segador.

Verdad es también que no haré falta para tus harinas celestiales; verdad es que en tu pan no pondré un sabor nuevo. Yo te he visto, yendo de mañana por el campo, recoger evaporada la gotita de rocío que tirita en la cabezuela florida de una hierba y sorberla con menos ruido que el de un beso.

Y he sonreído, muerta de dicha, diciéndome: No tengo raíces clavadas en esta tierra de los hombres. Él los deja atravesar sobre los musgos con rocío. Ama la araña y los escarabajos por dolorosos, porque no tienen, como la rosa, una expresión de dicha. Son como algunos de tus días, malogrados y miserables a pesar de ti mismo. Ten piedad de ellos que buscan terriblemente, con una tremenda ansia, la belleza que no trajeron. La araña ventruda, en su tela leve, sueña con la idealidad, y el escarabajo deja el rocío sobre un lomo negro para que le finja un resplandor fugitivo.

Toda la belleza de la Tierra puede ser venda para tu herida. Dios la ha extendido delante de ti; así como un lienzo coloreado te ha extendido sus campos de primavera. Toda la belleza es misericordia de Dios. El que te alarga la espina en una mano temblorosa, te ofrece en la otra un motivo para la sonrisa. No digas que es un juego cruel.

Siente así como venda el cielo. Es una ancha venda que baja hasta tocar la magulladura de tu corazón en suavizadora caricia. Y cada mañana, al abrir tus balcones, siente como una venda maravillosa y anticipada para la pena del día, el alba que sube por las montañas Di tu palabra, y sigue tranquilo, sin volver el rostro.

No pongas tu efigie reteñida sobre tu doctrina. Habla a tus hermanos en la penumbra de la tarde, para que se borre tu rostro, y vela tu voz hasta que se confunda con cualquier otra voz.

Hazte olvidar, hazte olvidar Déjate besar en tu sueño maravilloso de redención. Míralo en silencio y sonríe Es un misterio al que asisten Dios y tu alma. También Dios tiene ese recatado silencio, porque Él es el Pudoroso.

Ha derramado sus criaturas y la belleza de las cosas por valles y colinas, calladamente, con menos rumor del que tiene la hierba al crecer. Él calla, calla siempre. No hay un solo momento de silencio sobre el arpa ni de paz para la mano del Tañedor ardiente.

De sol a sol Dios desprende a sus seres melodías. Las entrañas del sensual dan un empañado sonido; las entrañas del gozador dan voces opacas como el gruñido de las bestias; las entrañas del avaro apenas si alcanzan a ser oídas; las del justo son un temblor de cristal; y las del doloroso, como los vientos sobre el mar, tienen una riqueza de inflexiones, desde el sollozo al alarido.

La mano del Tañedor se tarda sobre ellas.

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pasion prostitutas prostitutas ricasPosted on10:12 pm - Oct 2, 2012

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